Lo inesperado
Esta historia trata sobre una madre que tiene un hijo ciego, esta decide regalarle un perro cuando su niño tiene Cinco años. Tomas (hijo de Martina) y su perro (Maxi) deciden salir con unos amigos a comer unas pizzas y luego algo pasará.
…
Martina: (Gritando) - ¡llegaras tarde a la escuela! ¡Ya preparé tu desayuno!
Tomas: - ¡Ya estoy bajando con Maxi! (Tomas y Maxi bajan por las escaleras de la casa).
Martina: - Vamos hijo, que debemos salir ya mismo sino quieres llegar tarde de nuevo y estudiar en las vacaciones de verano.
Tomas: - Ya estoy cambiado y he terminado de desayunar así que salgamos rumbo a la escuela.
Martina: (caminando con Tomas) – a la salida del colegio ¿Harás algo hijo?
Tomas: - Si, saldré con mis amigos a unas comer unas pizzas en Century pizzas, pero no tengo dinero.
¿Me podrías prestar un poco?
Martina: - Esta bien hijo, te daré $300. No te lo gastes todo por favor y avísame por tu celular todos los pasos que das. No regreses tarde.
Tomas: - Bueno Madre. Hoy tengo una lección oral.
Martina: - ¿Estudiaste?
Tomas: - Si mamá.
Martina: - Bueno aquí nos separamos. (llegan al colegio).
Tomas: - Adiós (pasan las horas del colegio. Van hacia el restaurante de las pizzas)
¿Qué gustos pedimos?
Amigos: - Dos de jamón y morrones y otras cuatro de anchoas.
Tomas: - ¡que rico pidamos!
Amigos: - ¡Camarera! (Se acerca la camarera y toma la orden de los muchachos)
Tomas: (Comiendo) - ¡Que hambre que tenía!
Amigos: - ¡Sí!, todos teníamos hambre.
Tomas: - Adiós Amigos. (Levantándose de la mesa).
Amigos: - Adiós.
Tomas: (De repente, el perro guía de Tomas llamado Maxi se escapa por un estruendo que había escuchado)
- ¿Y ahora? ¿Cómo voy a hacer para volver a mi casa? No veo nada. (Empieza a caminar sin rumbo hasta llegar a la casa de un joven leñador y le cuenta su historia y este lo ayuda a regresar a su casa).
jueves, 24 de noviembre de 2016
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Valentina Von Foerster, "Vento"
Arabella odiaba correr, odiaba sentir como su rubio cabello se despeinaba con el viento, odiaba
escuchar su agitada respiración y el sonido que sus zapatos hacían al golpear tan fuerte con el suelo.
Pero aún más de lo que odiaba correr, odiaba llegar tarde ¡y más aún si era a algo que le gustaba
tanto como sus clases de piano! No se había ausentado ningún día en esos cinco años que llevaba
asistiendo, incluso había ido estando enferma ¡y muy enferma! Claro, que no tendría que haber
corrido de no ser por su madre, a quien le pareció que el mejor momento para tener una charla con
su única hija era cuando ella se estaba aproximando a la puerta. No podía culparla, claro, ella solo
quería hablar un poco de su abuela y entregarle un viejo libro de partituras que alguna vez le había
pertenecido. Arabella amaba mucho a su abuela, incluso ahora que ya había "partido" ¿y cómo no
hacerlo? Había sido ella quien la incentivó para iniciar sus clases de piano.
"¿Lo ves María? Tiene manos de pianista, como yo." Había dicho en una de esas frías tardes de julio,
sosteniendo la mano de su joven nieta, la cual solo sonrió mientras la anciana continuaba
elogiándola e intentando convencer a su madre de que la inscribiese en clases de piano, que ella
podría ser quien las pagase. La mujer no tuvo más remedio que acceder luego de las suplicas y
suplicas de su hija.
Ese había sido un buen día para Arabella, un día que la había marcado. Le dolía saber, aunque
intentase evitar pensar en ello, que ahora todo cambiaría. Su madre no tenía mucho dinero y ahora
que su abuela había muerto nadie podrá pagar sus clases; por lo que debía aprovecharlas al máximo.
Con una cálida sonrisa, por más fingida que fuese, la rubia besó la mejilla de su madre y tomo el gran
cuaderno para guardarlo antes de salir.
"Ésta podría ser la última." Pensó mientras la puerta se cerraba tras ella.
Su clase transcurrió con normalidad; Leo, su profesor, se comportó amable, como siempre, y
practicaron las mismas dos canciones que estaban preparando desde hacía un mes. Y, unos veinte
minutos antes de finalizar la clase semanal, el teléfono móvil de su profesor sonó y Arabella
reconoció su tono de inmediato, uno de los nocturnos de Chopin, el gran ídolo del hombre. Con un
asentimiento de cabeza y una pequeña sonrisa se disculpó y se separó de la joven para responder la
llamada en el pasillo. Eso no era algo normal, pensaba la aprendiz acariciando las blancas teclas sin
ejercer presión para que emitieran sonido, tal vez eran malas noticias.
― ¿Bella? ―la llamó el hombre desde la puerta entreabierta, como si quisiera esconderse.― Debo
irme, es que mi hija acaba de dar a luz y...
Ella asintió, con su más sincera sonrisa, dejándole en claro que todo estaba bien, que su madre la
recogería de allí en una media hora.
― ¡Felicidades! ―alcanzó a gritar antes de que el anciano, quien jugaba el papel de su profesor, sorprendentemente rápido dejase las instalación. Al parecer no era una mala noticia.
En lugar de sacar su móvil y divagar, la muchacha hizo algo que muy pocos adolescentes harían; sacó
el gran libro de su bolso y lo colocó donde usualmente colocaba las hojas de las partituras,
abriéndolo en una página al azar. "Vento", se leía como título. No debía ser una persona muy
brillante para saber que eso significaba "viento" en ¿francés? ¿o italiano? Lentamente deslizó sus
manos por las conocidas teclas, tocando las correctas cuando, de pronto, sintió como una suave
brisa le apartaba el cabello del rostro. La pianista se detuvo en seco, alzando para corroborar de que
la ventana estuviese correctamente cerrada. Lo estaba. Soltando una risa nerviosa, volvió a
concentrarse en las teclas y las formas. Sólo estaba paranoica.
Esta vez, continuó tocando, sin importarle o, mejor dicho, sin preocuparse al sentir la brisa. No era
molesta, no como cuando corría. Esta brisa no le revolvía el cabello, impidiéndole ver, esta parecía
venir del libro y le resultaba agradable, como la melodía que el piano producía gracias a sus dedos.
Debería haberse detenido en cuanto el aire en la habitación comenzó a moverse violentamente,
haciendo volar las hojas sueltas. Debería haberlo hecho, pero no podía. Sus manos ya no le
respondían a su cerebro, ya no debía mirar las notas antes de tocar, su cuerpo ya sabía qué hacer,
cuándo y dónde tocar. Ya no podía detenerse ni aunque lo intentase, y claro que lo hacía.
Comenzaba a asustarse, y mucho ¿y si nunca dejaba de tocar? ¿y nadie podía encontrarla al no
poder entrar? Claro que sus dudas fueron cesando cuando la música comenzó a volverse más lenta.
La canción había terminado y, por una décima de segundo, Arabella sintió que todo el oxígeno
abandonaba la habitación, obligándola a llevarse la mano al pecho por la falta de presión. Nunca en
su vida había agradecido tanto el respirar con normalidad luego de ese momento.
Una vez que el susto de la joven hubo concluido, comenzó a acomodar las tantas partituras que
habían caído al suelo por el fuerte viento. Finalmente, cerró el preciado cuaderno y lo guardó en su
bolso. No tenía ni idea de qué haría con él y eso la asustaba.
Matilde Fontana, poema: "Bailar y brillar"
Aquí, en este gran salón
Yo enseñare mi don
Que por más que tuve que ensayar
Para esta coreografía llegar a realizar
Es la mayor perfección
Porque la llevo en el corazón.
Quiero que algún día
Alguien diga con alegría
“¿Recuerdas a esa chica?
Que asombrosa forma de bailar
Parecía poder brillar”
Ian Hofman, "Eso"
Uno no nace pensando en cosas buenas, creo,
pero tampoco lo hace pensando en cosas malas, creo. Todos los días son iguales,
la rutina me aburre, pero no me puedo quejar si soy honesto. Lo único que me
molesta es “eso” que aparece de vez en cuando y no sé cómo controlarlo, pero
cuando aparece solo sé que está ahí para quedarse. Y que no va a desaparecer
así como así.
Era otro día normal, salí del trabajo a la
una del mediodía, como todos los miércoles, y lo sentí. No sé describirlo, ni
sé porque está, solo está. Pero cuando aparece el día va colina abajo. Y aplico
la palabra “Día” para no decir semana, mes, año.
Llegué a casa con “eso” y lo primero que
quise hacer es refugiarme, automáticamente me desinhibo, pero no por elección
sino porque “eso” me obliga. Como decía,
llegue más o menos a las 2 a casa, porque almorcé con mi primo, y me desvanecí
sobre la cocina. La inconsciencia no esta mal, creo, es como dormir pero menos,
y te duele un poco la cabeza después, pero nada que un analgésico no repare.
El problema es que esta vez “eso” era más
fuerte, muchísimo más. Me levante ensangrentado, la nariz goteaba pero más que
cualquier vez que “eso” apareciese. Seguido a esto venia la violencia, perdía
la conciencia y tenía las manos cortadas de golpear vidrios, o la frente con huecos.
No sé qué es. No sé por qué pasa. Sólo pasa.
“Eso” era una presencia sombría que me
atormentaba de vez en cuando aprendí a vivir con “eso” creo que nadie sabía de
mi amigo.
Micaela Saenz, "Su nombre es libertad"
Su nombre
es Libertad
-Esta vez sí, esta vez sí que lo voy a hacer- ella
sabía que no podía seguir viviendo así. Esa decisión la tuvo que haber tomado
seis meses antes de la boda, la primera vez que le rompió el labio.
Pero ya
habían pasado seis años. Cuántas veces recordaba las palabras de su madre la primera
vez que subió a casa con el labio roto y ella le decía -mamá, ya no puedo, no
quiero casarme con él-. Y la madre sorprendida le contesta -Pero hija, ¿qué
dices? Es un buen trabajador, con él nunca te va a faltar un plato de comida.
Lo de hoy fue una cosa sin importancia, no tiene qué volver a pasar. O ¿te
crees que los hombres no tienen sus cosas? ¡Vamos! Olvida todo y vamos a cenar-.
En la cena,
cuando ella relató lo sucedido, nadie salió en su defensa. Ni siquiera su
padre, que siempre le decía “eres la niña de mis ojos, nunca dejaré que nadie te haga daño”. Es más, cuando su
madre contó los consejos que le había dado, su padre estuvo de acuerdo en todo
y además añadió -hija, seguro está nervioso por la boda o le habrás dicho algo
que no le gusto-. Ella solo pudo decir -pero papá, yo…-. -Mira, vas a ser la
reina de tu casa… Dale, danos un beso y anda a la cama, mañana ya no te
acordarás de nada- le respondió el padre cansado de la situación de su hija.
La segunda vez,
ya no fue solo un golpe. Fue un domingo, tres meses después de la boda, al
volver de un paseo, mientras se cambiaba de ropa para meterse en la cocina y
empezar a hacer la comida. Todo lo que dijo fue -¿sabes? Me gustaría volver a
trabajar, me gustaba mucho mi trabajo y tengo muchas posibilidades de
recuperarlo. Me lo dijo una compañera con la que me cruce esta mañana- No tuvo
tiempo de decir nada más. -Eso es
lo que vos querés, ¿verdad? Ya sabía yo… no te conformas con lo que yo gano,
¿te parece poco? Quítatelo de la cabeza, en esta casa el único sueldo que vas a
tener va a ser el mío- mientras el marido le decía esto, las cachetadas iban y
venían dándole vuelta la cara. En esos momentos ya supo cómo iba a ser su vida:
desde ese día ya fue una mujer maltratada, rota, pisoteada, sin opinión, sus
ojos ya no brillaban con luz propia, su boca solo se abría para decir lo justo,
“está bien”, “ok”, “bueno”, “lo que tú quieras”.
Tenía
prohibido hablar con las vecinas; él siempre le había dicho que las cosas que
pasaban en las casas no tenían que salir de allí. Cuando se cruzaba con ellas
en la escalera hablando de sus cosas, ella sentía mucha pena porque a ella
también le hubiera gustado pararse para preguntar por la señora de arriba que
ya era muy mayor, o por el niño de la joven del piso de abajo que acababa de
nacer hacia unos meses.
Cuando peor
la pasaba era cuando iban a visitar a sus padres. En esas ocasiones, él le
obligaba a ponerse sus mejores ropas y su mejor sonrisa. Su madre siempre le decía
lo mismo, “estás más flaca, pero estás muy bonita, se ve que les va bastante bien”.
Ella ya no
sabía si lo que sentía por su madre era rencor o pena. Esa persona no podía ser
la madre que ella recordaba. Si no, ¿por qué nunca le preguntaba? ¿O es que no
veía que ella ya no era la misma, que solo vivía por fuera pero que por dentro
estaba vacía, que no quedaba nada de la hija que había salido de su casa
aquella vez para casarse con el hombre
equivocado? ¿Por qué no le preguntaba por qué nunca se ponía manga corta en
pleno verano?
“Y es que
para vos, mamá, él sigue siendo un buen trabajador” tenía ese pensamiento
siempre dando vueltas por su cabeza.
A los cinco
años ya había perdido toda identidad. Ya era la ocupa, no solo para él sino
también para los malos amigos que se reunían todos los viernes en su casa. Los
odiaba con todo su corazón. Era tanto el miedo que le tenía a su esposo, que ya
hacía todo sin abrir la boca. Y si alguna vez se equivocaba en la cosa más
mínima, allí estaban los insultos y los golpes.
Ese viernes
ya tenía todo pensado: se quedaría corta de bebidas y, entre insulto e insulto
y las risas de sus amigos, él la mandaría a buscar más bebida.
Llegó el
viernes y todo salió como ella lo había pensado. Era la única forma de salir
sin tener que darle explicaciones, ya que era él quien la mandaba a comprar.
Cuando
agarro las llaves del cajón notó que no le temblaban las manos, que las
agarraba con mucha firmeza y eso todavía le dio más fuerzas.
Cuando salió
a la calle, pasó el primer kiosco, pero siguió; pasó un pequeño chino donde solía comprar a veces, pero también
siguió. Al final de la calle estaba el supermercado con sus grandes ventanales,
y desde fuera podían verse las bebidas que ella compraba siempre. Cuando se vio
reflejada en el vidrio, a punto de abrir la puerta, empezó a temblar. Era esa
tembladera que conocía tan bien, la que vivió todos los días durante seis años
cuando oía el ruido de las llaves de su esposo en la cerradura.
Mientras
salía de la comisaría, después de haber relatado su caso, empezó a respirar,
empezó a mirarlo todo con la cabeza alta, muy alta. Lloraba, pero esta vez sus
lágrimas no la lastimaban, eran besos que le daba el aire. De la alegría que
tenía, empezó a tirar de las mangas de la camisa. Cuando se miró los brazos ya
no veía moretones sino mariposas tatuadas que le prestaban sus alas para
ayudarle a volar y recuperar por fin su nombre: LIBERTAD.
Luciano HEJEIJ GALMARINI, "Una escena nueva para Metegol"
Amor por un deporte: Metegol
Personajes: Capi, Beto y Loco
(principales). Pulpo, Liso, Eusebio, el árbitro y el relator (secundarios)
ESCENA 1
Este es un dialogo de género narrativo,
trata sobre un equipo que llega a la final de un torneo y el día del partido
pasa algo muy loco.
[Entra
Beto a la habitación]
Beto: Capi, prepárate, en un rato jugamos la final del mundial. Cámbiate
y estate listo que en veinte minutos pasa el micro.
Capi: Tranquilo Beto, termino este partido de play y me preparo. Mientras
llámalo a Loco, que no sé dónde se metió.
Beto: Bueno está bien, pero mira que no podemos llegar tarde, sino le dan
el partido ganado al rival. [Agarra un teléfono y llama a Loco] Hola, Loco,
¡¿Me podes decir en dónde estás?!
Loco: Estoy en el cine con unos amigos. Descansando para el partido de
mañana.
Beto: Loco, ¿estás loco? El partido es esta tarde y el micro pasa en
quince minutos. Ven ya para el hotel.
Loco: Estoy a dos kilómetros del hotel y no tengo plata para viajar,
¿Podrían pasarme a buscar y traerme la ropa?
Beto: Esta bien, pero si llegamos tarde… no jugas nunca más en nuestro
equipo. [Enojado, cuelga el teléfono]
Capi: ¿Qué pasa Beto? ¿Por qué te enojaste?
Beto: Lo que pasa es que mientras nosotros nos preparamos para jugar el
partido más importante de nuestra vida, Loco se pasa la tarde en el cine con
sus amigos, y encima hay que pasarlo a buscar.
Capi: No hay problema Beto, tranquilo, ahora lo pasamos a buscar y le
decimos al chofer del micro que nos busque en el cine.
Beto: Buena idea Capi, vamos.
[Beto y Capi se suben al auto y van a
buscar a Loco]
Beto: [Desesperado, llama a Loco] Loco, ¡¿Me podes decir en dónde estás?!
Loco: Tranquilo, estoy yendo para el hotel. Vamos a llegar a tiempo y esa
copa va a ser nuestra.
Beto: ¡Loco! Te dije que te quedaras ahí, que te íbamos a pasar a buscar.
Loco: Ah… Es que estaba mirando la película y no te preste mucha
atención.
[Beto cuelga el teléfono]
Beto: Capi, alto. Volvemos al hotel, Loco está yendo hacia allá.
Capi: No Beto, no vamos a volver. Vamos a jugar sin él, es la única
manera de que aprenda a ser responsable.
ESCENA 2
[Beto y Capi llegan al estadio y se reúnen
con el resto del equipo]
Beto: Muchachos, esta copa va a ser nuestra. Ya que como capitán del
equipo, he decidido echar a Loco del equipo.
Liso: Estoy de acuerdo con tu decisión, no me cae bien y además nunca
pasa la pelota.
Pulpo: Yo también, buena idea Beto.
Eusebio: A mi me da igual, si siempre me mandan al banco de suplentes.
Beto: Eusebio… Eso significa que ahora sos titular.
Eusebio: ¡Perfecto!
Capi: HEY! Ya hay que salir para la cancha.
[Todo el equipo se alienta a si mismo y se
motivan cantando canciones mientras salen al campo]
Arbitro: Piiii (silbato)
Relator: ¡Empezo el partido! ¡La gran final que todos estábamos
esperando!... Beto tiene la pelota, se la pasa con simpleza a Liso, Liso se la
da a Pulpo, Pulpo le pega al arco… ¡¡¡¡PALO!!!!
[85 minutos después]
Relator: Solo cinco minutos le quedan al partido, los jugadores pararon un
minuto para tomar agua y descansar.
Liso: Beto ¿Qué hacemos ahora? Hicimos la misma jugada durante todo el
partido y nunca la metimos.
Pulpo: Tenemos que cambiar la táctica, sino vamos a ir a tanda de penales
y no somos buenos en eso.
Eusebio: No solo vamos a tener que cambiar de táctica, sino que también
vamos a jugar con uno menos. Me esguince el tobillo y no voy a poder seguir
jugando, tenemos que conseguir un suplente rápido.
[Entra Loco al campo]
Loco: Alguien dijo… ¿un suplente?
[Todo el equipo se asombra y grita]
Todos: ¡¡¡Loco, viniste!!! Cámbiate y entra a jugar.
Relator: Esta es la última jugada del partido, si termina en gol, el equipo
de Beto va a salir campeón por primera vez en su historia. Beto va a patear el
penal. Se prepara, apunta, dispara… ¡Atajo el arquero!... Rebote… Le pego Loco,
¡GOOOOOOL!
Arbitro: Piiii (silbato) Gano el equipo de Beto.
Relator: ¡Increíble! Un jugador que recién entraba al partido marcó el gol
más importante en la historia de su club. ¡Que fenómeno!
ESCENA 3
[En el vestuario]
Beto: Loco, viniste a ayudar a tu equipo cuando más lo necesitaba. Eso me
pone muy feliz, por eso te nombro capitán del equipo.
Todos: [Cantando] Dale campeón,
Dale campeón.
ESCENA 4
[Loco despierta a Loco]
Beto: Loco, despertate, tenemos que irnos al partido.
Loco: ¿Qué partido? Si ya jugamos, y salimos campeones. Y también me
nombraste capitán del equipo, ¿Te acordás?
Beto: No, Loco. El capitán soy yo y el partido no se jugó todavía, fue
todo un sueño
Celina Campagnoli, poema: "Que seas mi amiga"
Poema
Un amigo, es un ser muy preciado.
Es el que te ayudara cuando estés mal.
Y se sentirá bien por ti cuando estés feliz.
Pero para ganar mi confianza, tendrás que resolver mi adivinanza.
La honestidad me trae felicidad y que me sea sincero nos unirá.
No importa lo que hagas, nunca mientas.
La amistad no es nada sin libertad, además de ti hay otras amistades.
No olvides que debes tener compasión para ganarte mi corazón.
Tendremos buenos y malos momentos,
Pero siempre recuerda
Que este viaje lo hacemos juntos.
Me da mucha alegría que seas mi amiga.
lunes, 21 de noviembre de 2016
Valentina von Foerster, "La mayor pena del mundo"
Valentina von Foerster
En épocas en la que los vestidos eran enormes, las cinturas mínimas y
los matrimonios arreglados nació, en una gran casa a las afueras de Londres,
una indomable niña la cual recibió el nombre de Beatrice Dulwich ¿por qué un
nombre italiano para una joven inglesa? Bueno, la mayoría de la gente pensaba
que era debido a las raíces italianas de su madre, pero no era así. Beatrice
obtuvo su nombre porque ambos padres eran aficionados de La Divina Comedia, y
les pareció apropiado que su primera y única hija llevase el nombre del
personaje que en aquella gran historia, guio al protagonista, dándole fe,
porque se la había dado a ellos también. Sus padres siempre esperaron que su
heredera consiguiese un buen esposo y que se comportase como una fina dama.
Claro que, deberían seguir esperando porque Beatrice podría ser todo,
absolutamente todo, menos una dama.
Desde que era pequeña había tomado la costumbre de escapar de sus clases
de baile para jugar con los hijos de los sirvientes a los piratas, con espadas
hechas de palo, o a los dioses romanos. Y su madre nunca la había reprendido
realmente por sus llegadas tarde y su suciedad constante. Adoraba la
imaginación y creatividad de su hija. Pero todo eso cambió, repentinamente,
cuando la niña entró en la edad de casarse, y su madre se hizo cargo de que
toda la nobleza europea lo supiese. Comenzó con una lista de pretendientes en
Londres, pero al parecer los hombres ingleses no tenían la paciencia suficiente
para casarse con una mujer de carácter tan rebelde. Esa búsqueda se extendió
hasta Italia, en donde encontró lo que buscaba; una esposo con una gran fortuna
para su hija. Ni bien recibieron el gran "sí" de su parte, comenzaron
a planear la boda.
Beatrice siempre supo que llegaría el día en el que tendría que conocer
a su esposo, la habían preparado para ello toda su vida, sin embargo, siempre
había pensado que al menos lo conocería pero, al parecer, ya se había
comprometido con un completo desconocido.
En la mañana del día en el que conocería a su prometido, Beatrice se
despertó con el primer rayo del Sol y salió corriendo a buscar a Nathaniel y
Viola–los hijos de la cocinera y sus mejores amigos– para disfrutar su último
día de libertad. Se adentraron más que nunca en el bosque que se encontraba
detrás de la gran casa y se subieron los tres a la rama de un árbol.
― ¿Es
cierto que te irás? ―preguntó Viola con su fina voz, propia para una niña de su
edad.
― Eso creo. ―se limitó a responder secamente la muchacha. No le gustaba
hablar del tema, pero ellos eran sus únicos amigos, debía hablar con ellos,
sino ¿con quién lo haría?
― ¿Y él es
atractivo?
― No lo se,
Vio. No se siquiera su nombre.
La expresión de la menor cambió repentinamente, se veía casi espantada.
Su hermano mayor se apresuró a cubrirse los oídos; iba a gritar.
― ¡¿Y cuál es el romance en eso?!
Nathaniel y Beatrice no tardaron en soltar una risa por la inocente
pregunta de la niña, se veía tan enojada.
Segunda versión
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1
|
Valentina von Foerster
― No hay tal cosa como el romance. ―se apresuró a
responder el muchacho mayor, con la vista fijada en los castaños cabellos de la
impertinente doncella noble, quien se giró sobre sí para mirarlo como si le
desease la muerte. Él se encogió de hombros. No estaba mintiendo.
Luego de un incómodo silencio, los tres amigos continuaron hablando más
felizmente sobre sus muchas aventuras por horas que parecieron minutos. Y lo
habrían seguido haciendo, de no ser por el calor abrasador sobre sus cabezas y
el hambre en sus estómagos, que ya habían comenzado a hacer ruidos.
― ¡Beatrice Dulwich! ¿¡Dónde se supone que estabas!? ¡No falta mucho para
que lleguen!―la reprendió su madre cuando la muchacha atravesó la entrada
completamente desarreglada, aunque en ella eso era algo habitual.
― ¡Pero aún es el medio día, madre! ―se quejó, caminando hacía las cocinas
por una manzana.
― ¡Pero
deben bañarte y arreglarte!
La joven ni siquiera se tomo la molestia de responderle, sabía que
cualquier cosa que dijese estaría mal a los oídos de su madre, quien había
estado un tanto susceptible desde que le informaron la llegada del futuro
esposo de su hija. Todo debería estar perfecto; los sirvientes, la casa, las
luces ¡y hasta los caballos! pero la adolescente no colaboraba en absolutamente
nada. Enfadada, la mujer de la casa hizo que las sirvientas prepararan el agua,
para que cuando los invitados llegasen a cenar no quisieran salir corriendo
debido al estado de la muchacha. Como siempre, el baño tardó demasiado y
conseguir que Beatrice usase el corset tardó aún más.
― ¿Podrías comportarte? Solo está
noche, Bea.
Odiaba que la llamasen así.
La castaña hubiese soltado una irónica risa si es
que hubiese podido respirar, el corset le apretaba demasiado ¿sólo debía
comportarse esta noche? ¡Ja! ¡Debería comportarse toda su vida y hasta que la
muerte los separe! No quería hacerlo, no quería comportarse. Quería que él y
todos sus acompañantes huyeran nuevamente a su país, por tierra o por mar. Ella
aún era joven, aún podía vivir una gran aventura y enamorarse profundamente. Y
podría hacerlo, podría escaparse con Nathaniel y empezar juntos en otra parte.
Sabía que el volvería con la condición de buscar a Viola cuando ella fuese
mayor. Podría hacer eso, pero significaría no volver a ver a sus padres,
quienes creían que esto era lo mejor para ella y ¿quién sabe? Tal vez hasta era
una persona soportable.
― Esta bien, lo intentaré. ―prometió en un murmullo, pensando que, al
menos, había disfrutado su libertad mientras duró.
En cuanto se escucharon los caballos entrar a la propiedad, en la casa
el aire desapareció. Todos los sirvientes, sus padres y, posiblemente, también
los animales contuvieron la respiración ya fuese por los nervios o por el
miedo. Beatrice, por su parte, lo hizo por el 3
apretado sistema que hacía que su figura fuese más "femenina", preferiría recorrer los nueve
círculos del infierno que continuar usando ese objeto del mal. Antes de que abrieran la puerta
del carruaje, la mirada de la heredera inglesa se encontró con la de su madre y de alguna
forma supo que ella quería que se parase todavía más derecha.
― Bienvenido sea, señor Barberini. ―exclamó efusivamente su padre, al ver bajar del carro
a un hombre de mediana edad.
Ahora si la joven prometida contuvo la respiración del espanto ¡se casaría con un viejo! Y
claramente, eso fue lo que todos pensaron hasta que, detrás del hombre, bajó una mujer que
aparentaba tener la misma edad que él, su esposa–presumió Beatrice, por la forma en que le
tomaba la mano–, a ambos los siguió un joven castaño, el cual no debía ser mucho más
grande que única hija de los Dulwich, quien pensó que era un tanto atractivo, pero no lo diría
en voz alta. No iba a admitirlo.
Los hombres mayores hicieron el honor de presentar a toda su familia mientras estas se
dedicaban unas forzadas sonrisas. Al parecer el futuro nombre de Beatrice sería "señora de
Matteo Barberini". Gracioso, ¿verdad?
Cuando las presentaciones finalizaron, la señora Dulwich pidió que todos entrasen a la gran
casa y se dirigiesen al comedor para poder cenar y todos le hicieron caso, incluso su
impertinente hija, la cual tenía la mirada fija en el suelo ¿acaso estaba nerviosa? Era
comprensible, estaba conociendo a su futuro esposo quien, al parecer, había nacido en la
misma década que ella. Aquellos nervios se hicieron más notorios durante la cena, ya que no
dijo ni una palabra–algo muy inusual en ella– y simplemente se limitó a escuchar.
Al parecer los Barberini habían tenido cinco hijos, todas mujeres, menos Matteo, el menor, el
heredero. Y también parecía ser que al joven le gustaba hablar porque ni bien le preguntaron
sobre su viaje, el muchacho no cerró la boca. Les contó sobre los lugares que habían visitado
y las personas que habían conocido gracias a haber recorrido el continente por tierra. Y así
transcurrió la velada, todos hablaron efusivamente menos la futura señora Barberini.
Tampoco quisieron que lo hiciera, puesto a que no le preguntaron absolutamente nada por lo
que ella ni siquiera alzó la vista de su plato. Una vez que todos hubiesen acabado, los
invitados les informaron que deberían ir a descansar a sus habitaciones.
― Yo tampoco estoy feliz con esto. ―dijo una voz a espaldas de Beatrice mientras ella se
dirigía a quitarse por fin el corsé. Era su futuro esposo.― Pero eso no quiere decir que no lo
intente.
La joven se giró sobre si misma y miró al extranjero con el ceño fruncido. Ella no había dicho
nada y el se quejaba por como había actuado, pero si hubiese dicho algo su madre se hubiese
quejado ¿Es que acaso nadie podría conformarse? Iba a responderle groseramente–su madre
no estaba ¿qué más daba?– pero el italiano se fue, dejándola con las palabras en la boca.
En los días que le sucedieron, Beatrice solo tuvo que lidiar con los extranjeros en las comidas
ya que los adultos se la pasaban en la biblioteca hablando de asuntos monetarios o politicos ella estaba siempre con los hijos de la cocinera y el paradero de Matteo era un completo
misterio hasta que su querido Nathaniel comentó que lo había visto salir por la noche, con un
caballo, vestido como un común civil y que había tomado el camino que lo dirigiría a
Londres. Eso despertó la curiosidad de la joven inglesa, quien decidió seguirlo en una de sus
travesías a la ciudad en su propio caballo.
Después de una hora de sigiloso viaje para que el chico no notase su presencia, llegaron a la
poblada capital.
― Así que aquí es donde te escondes. ―dijo la joven, mirando a la gran multitud mientras el
chico ataba las riendas de su caballo a un poste de madera.
Él le sonrió a la oscuridad, casi de forma pícara.
― ¿A que se debe la visita, Bea? ¿me extrañabas?
― Beatrice. ―corrigió, bajándose de su caballo.― Y solo me provocaste curiosidad.
― No es algo muy interesante si soy sincero. ―explicó Matteo mientras su prometida ataba
su caballo junto al suyo.― Vengo a ver obras de teatro.
― Pero puedes verlas en la corte. ―argumentó, extrañada. El chico era un noble ¿por que ir a
ver obras en esos teatros llenos de personas cuando podía ir a los grandes salones repletos de
lujosos adornos? La respuesta a su pregunta no formulada vino de inmediato:
― Me gusta más el teatro, puedes sentir las sentimientos del actor. Pero cuando las ves en la
corte... sientes lo que tu reina quiere ¿comprendes?
Era un buen punto.
No hizo falta de que le dijese más que un "¿vienes?" para que ella aceptase su mano. Beatrice
sintió un agradable cosquilleo cuando la tomó. La mano del italiano era casi tan suave como
su voz, no como las de Nathaniel, quien poseía manos ásperas y firmes. Juntos, se acercaron
al teatro la Cortina, formaron la fila y él compro las dos entradas, ella le prometió que le
devolvería el dinero pero el castaño se opuso completamente. Que era un caballero era algo
innegable. La obra que verían se titulaba "La más excelente y lamentable tragedia de Romeo
y Julieta".
El muchacho no le presto una gran atención a lo que sucedía en escenario, sino que estaba
mucho más interesado en la chica a su lado, en como abría los ojos cuando algo la sorprendía,
en como cerraba sus manos con fuerza cuando se asustaba y en como intentó contener las
lagrimas cuando los amantes se encontraron con su trágico final. Ella era realmente hermosa
cuando no funcia el ceño y él, sin siquiera notarlo, la estaba mirando como si recién se
hubiese dado cuenta qué significaba el amor. Tal vez lo había hecho.
― Fue... linda. ―comentó ella, con una pequeña sonrisa, una vez que los aplausos cesaron y la obra hubo terminado.
Y triste. ―completo él, deslizando sus pulgares por debajo de los ojos de la castaña para
retirar aquellas lagrimas que se habían estancado allí. Nerviosamente y sin mirarlo directo a
los ojos, ella se puso de pie para retirarse del establecimiento.
Inconscientemente se tomaron las manos para avanzar entre la gran multitud.
― Nunca pensé que iría al teatro en pijama.― alegremente ella soltó una risa a medida de
que se acercaban más y más a sus caballos. El viaje de vuelta fue rápido y silencioso y eso no
había molestado a ninguno de los dos hasta que tuvieron que llegar al pasillo de las
habitaciones.
― Buenas noches. ―susurró la menor al llegar a la puerta de la habitación que le habían
asignado a su futuro esposo.
―El dolor de la despedida es una pena tan dulce que yo estaría diciendo "buenas noches"
hasta mañana. ―le citó él, acercándose para besar su mejilla.― Buenas noches, Bea.
Y entró en su habitación, dejándola sola en el ancho pasillo, con una sonrisa, pensando que
tal vez casarse con él no seria la mayor pena del mundo.
apretado sistema que hacía que su figura fuese más "femenina", preferiría recorrer los nueve
círculos del infierno que continuar usando ese objeto del mal. Antes de que abrieran la puerta
del carruaje, la mirada de la heredera inglesa se encontró con la de su madre y de alguna
forma supo que ella quería que se parase todavía más derecha.
― Bienvenido sea, señor Barberini. ―exclamó efusivamente su padre, al ver bajar del carro
a un hombre de mediana edad.
Ahora si la joven prometida contuvo la respiración del espanto ¡se casaría con un viejo! Y
claramente, eso fue lo que todos pensaron hasta que, detrás del hombre, bajó una mujer que
aparentaba tener la misma edad que él, su esposa–presumió Beatrice, por la forma en que le
tomaba la mano–, a ambos los siguió un joven castaño, el cual no debía ser mucho más
grande que única hija de los Dulwich, quien pensó que era un tanto atractivo, pero no lo diría
en voz alta. No iba a admitirlo.
Los hombres mayores hicieron el honor de presentar a toda su familia mientras estas se
dedicaban unas forzadas sonrisas. Al parecer el futuro nombre de Beatrice sería "señora de
Matteo Barberini". Gracioso, ¿verdad?
Cuando las presentaciones finalizaron, la señora Dulwich pidió que todos entrasen a la gran
casa y se dirigiesen al comedor para poder cenar y todos le hicieron caso, incluso su
impertinente hija, la cual tenía la mirada fija en el suelo ¿acaso estaba nerviosa? Era
comprensible, estaba conociendo a su futuro esposo quien, al parecer, había nacido en la
misma década que ella. Aquellos nervios se hicieron más notorios durante la cena, ya que no
dijo ni una palabra–algo muy inusual en ella– y simplemente se limitó a escuchar.
Al parecer los Barberini habían tenido cinco hijos, todas mujeres, menos Matteo, el menor, el
heredero. Y también parecía ser que al joven le gustaba hablar porque ni bien le preguntaron
sobre su viaje, el muchacho no cerró la boca. Les contó sobre los lugares que habían visitado
y las personas que habían conocido gracias a haber recorrido el continente por tierra. Y así
transcurrió la velada, todos hablaron efusivamente menos la futura señora Barberini.
Tampoco quisieron que lo hiciera, puesto a que no le preguntaron absolutamente nada por lo
que ella ni siquiera alzó la vista de su plato. Una vez que todos hubiesen acabado, los
invitados les informaron que deberían ir a descansar a sus habitaciones.
― Yo tampoco estoy feliz con esto. ―dijo una voz a espaldas de Beatrice mientras ella se
dirigía a quitarse por fin el corsé. Era su futuro esposo.― Pero eso no quiere decir que no lo
intente.
La joven se giró sobre si misma y miró al extranjero con el ceño fruncido. Ella no había dicho
nada y el se quejaba por como había actuado, pero si hubiese dicho algo su madre se hubiese
quejado ¿Es que acaso nadie podría conformarse? Iba a responderle groseramente–su madre
no estaba ¿qué más daba?– pero el italiano se fue, dejándola con las palabras en la boca.
En los días que le sucedieron, Beatrice solo tuvo que lidiar con los extranjeros en las comidas
ya que los adultos se la pasaban en la biblioteca hablando de asuntos monetarios o politicos ella estaba siempre con los hijos de la cocinera y el paradero de Matteo era un completo
misterio hasta que su querido Nathaniel comentó que lo había visto salir por la noche, con un
caballo, vestido como un común civil y que había tomado el camino que lo dirigiría a
Londres. Eso despertó la curiosidad de la joven inglesa, quien decidió seguirlo en una de sus
travesías a la ciudad en su propio caballo.
Después de una hora de sigiloso viaje para que el chico no notase su presencia, llegaron a la
poblada capital.
― Así que aquí es donde te escondes. ―dijo la joven, mirando a la gran multitud mientras el
chico ataba las riendas de su caballo a un poste de madera.
Él le sonrió a la oscuridad, casi de forma pícara.
― ¿A que se debe la visita, Bea? ¿me extrañabas?
― Beatrice. ―corrigió, bajándose de su caballo.― Y solo me provocaste curiosidad.
― No es algo muy interesante si soy sincero. ―explicó Matteo mientras su prometida ataba
su caballo junto al suyo.― Vengo a ver obras de teatro.
― Pero puedes verlas en la corte. ―argumentó, extrañada. El chico era un noble ¿por que ir a
ver obras en esos teatros llenos de personas cuando podía ir a los grandes salones repletos de
lujosos adornos? La respuesta a su pregunta no formulada vino de inmediato:
― Me gusta más el teatro, puedes sentir las sentimientos del actor. Pero cuando las ves en la
corte... sientes lo que tu reina quiere ¿comprendes?
Era un buen punto.
No hizo falta de que le dijese más que un "¿vienes?" para que ella aceptase su mano. Beatrice
sintió un agradable cosquilleo cuando la tomó. La mano del italiano era casi tan suave como
su voz, no como las de Nathaniel, quien poseía manos ásperas y firmes. Juntos, se acercaron
al teatro la Cortina, formaron la fila y él compro las dos entradas, ella le prometió que le
devolvería el dinero pero el castaño se opuso completamente. Que era un caballero era algo
innegable. La obra que verían se titulaba "La más excelente y lamentable tragedia de Romeo
y Julieta".
El muchacho no le presto una gran atención a lo que sucedía en escenario, sino que estaba
mucho más interesado en la chica a su lado, en como abría los ojos cuando algo la sorprendía,
en como cerraba sus manos con fuerza cuando se asustaba y en como intentó contener las
lagrimas cuando los amantes se encontraron con su trágico final. Ella era realmente hermosa
cuando no funcia el ceño y él, sin siquiera notarlo, la estaba mirando como si recién se
hubiese dado cuenta qué significaba el amor. Tal vez lo había hecho.
― Fue... linda. ―comentó ella, con una pequeña sonrisa, una vez que los aplausos cesaron y la obra hubo terminado.
Y triste. ―completo él, deslizando sus pulgares por debajo de los ojos de la castaña para
retirar aquellas lagrimas que se habían estancado allí. Nerviosamente y sin mirarlo directo a
los ojos, ella se puso de pie para retirarse del establecimiento.
Inconscientemente se tomaron las manos para avanzar entre la gran multitud.
― Nunca pensé que iría al teatro en pijama.― alegremente ella soltó una risa a medida de
que se acercaban más y más a sus caballos. El viaje de vuelta fue rápido y silencioso y eso no
había molestado a ninguno de los dos hasta que tuvieron que llegar al pasillo de las
habitaciones.
― Buenas noches. ―susurró la menor al llegar a la puerta de la habitación que le habían
asignado a su futuro esposo.
―El dolor de la despedida es una pena tan dulce que yo estaría diciendo "buenas noches"
hasta mañana. ―le citó él, acercándose para besar su mejilla.― Buenas noches, Bea.
Y entró en su habitación, dejándola sola en el ancho pasillo, con una sonrisa, pensando que
tal vez casarse con él no seria la mayor pena del mundo.
Segunda versión
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2
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Alejandra Morel. "Lo que aprendí de ti´"
Alejandra Morel
El primer día de clases luego del receso de
invierno, comencé realmente entusiasmada y preparada para un gran cambio. Tenía
como objetivo llegar a ser alguien que no esté enredada en puros pensamientos y
que demuestre quien es, pero sin necesidad de llamar mucho la atención, por lo
cual me senté en mi usual segundo pupitre, quería prestar atención, no me
gustaba estar un paso detrás de los demás, y esperé a que un profesor entrase a
darnos indicaciones. La no-tan-afortunada fue la señorita Giménes, una recién
graduada pero estricta profesora nueva, quien, para facilitar el trabajo de
aprenderse nuestros nombres nos hizo escribirlos en una hoja. Yo escribí mi
nombre, Miriam Catalan, en una prolija letra cursiva, aunque hacer que aquella
hoja quedase prolija era un intento absurdo, ya estaba completamente arrugada y
mal tratada. Mientras resaltaba mi nombre leí el del nuevo estudiante que había
comenzado a sentarse detrás mío, Pablo Salcedo. No había tenido la oportunidad
de conocerlo realmente por mi gran timidez, pero parecía un chico confiado,
inteligente y algo divertido, tal vez por su lugar de origen, Brasil. Sí, había
puesto toda mi atención mientras se presentaba.
Una vez que la clase hubo terminado me giré para
hablarle al muchacho porque ¿a quién no le gustaba sentirse bienvenido?
Pasado un mes de mi extraña decisión de cambiar,
Pablo llegó a convertirse en una parte muy importante de mi vida, incluso lo
llamaba "Pablito" de cariño. Juntos compartíamos pensamientos
increíblemente profundos y largas charlas en el patio de su casa cuando sus
padres no se encontraban allí. A su lado el cambio que yo tanto deseaba por fin
se puedo concretar.
Una tarde Pablito quiso acompañarme hasta la puerta
de mi casa, y yo, sin dudarlo, acepté. En aquel momento habría dicho que porque
era una zona algo peligrosa, pero la verdad era y es, que quería que él me
acompañase siempre. Cuando llegamos hubo un silencio incomodo, a él se lo
notaba algo nervioso y yo no sabía por qué0. Solo íbamos a despedirnos, o al
menos eso pensé ya que cuando habló no fue para decir "Adiós", sino
para decir "Te amo". Y yo le respondí con las mismas dos palabras,
aunque hasta ese entonces no sabía su significado realmente. Muchos hubiesen
pensado que fue un acto muy poco romántico y demostrativo pero ¿qué más daba?
No éramos los protagonistas de una comedia romántica, lo importante era que a
nosotros nos pareciera perfecto. Y lo fue, por un tiempo.
Los primeros seis meses de relación fueron puro amor y pasión, pero todo
comenzó a destruirse poco a poco. De un día para el otro, ese chico tan dulce y
compasivo que conocía y amaba, se volvió frio y distante ¿Qué era lo que estaba
pasando? Ya no concurría a clases, no llamaba y ni siquiera mandaba textos para
que lo fuera a ver. Yo no era una persona muy orgullosa, pero no quería
molestarlo si algo en su familia estaba pasando. Luego de unos días, que
parecieron meses, la noticia del preceptor Sebastián concluyó con la duda.
Pablo no iba a volver. Pero ¿por qué? ¿por qué no me lo contó el mismo de su
boca? Aquella tarde me armé de valor y caminé decidida hasta tu casa.
Sus padres siempre fueron muy amables conmigo, me
preguntaban como mi familia y yo nos encontrábamos pero, cuando abrieron la
puerta de su casa, se encontraron callados y sorprendidos, muy exhaustos a
decir verdad. Ellos claramente no esperaban mi llegada ya que rompiendo en
llanto, diciendo que no era justo lo que estaba pasando. "¿Qué fue lo que
ocurrió?" Fue lo primero que se me ocurrió preguntar. Ellos no
respondieron, no podían debido al llanto, pero si pudieron invitarme a pasar.
Esperé unos minutos sentada en el sofá hasta que la madre de mi novio llegó con un sobre color crema. "Para
Miriam" decía. Le agradecí a la amable mujer y salí casi corriendo de
su casa. Tenía un mal presentimiento.
Quise esperar hasta llegar a mi casa pero no pude,
la duda me estaba comiendo viva. Me senté en las escaleras de un bar abandonado
y tomé aire antes de sacar el papel del sobre.
"Miriam:
Se que esto no es justo, no sabes que es lo que
está pasando. Pero aquí te explicaré
todo.
Miriam, si estas leyendo esto es porque ya estoy
muerto, lo siento.
No estoy pidiendo perdón por
haberme ido, sino por haberte dejado, quiero que sepas que eso nunca estuvo
dentro de mis planes, tú nunca estuviste dentro de mis planes. Siempre supe que
me iba a morir, y lo había aceptado, pero aquel día en el que giraste a
hablarme pensé que podría vivir por cientos de años.
Fuiste el
amor de mi corta vida, hiciste que estos últimos meses fueran más perfectos de
lo que quiera se merece y perdóname por haberte mentido, pero quería aprovechar
al máximo este ultimo tiempo contigo, y no podría haberlo contigo sintiendo
lastima por mi.
Tú tienes
una vida por delante, Miriam, aprovéchala, vuelve a enamorarte, pero, por favor
no me olvides.
Con mi más profundo amor, desde un mejor lugar.
Pablo.
P.D.: Tranquila, nos volveremos a encontrar."
En mi
mojado rostro apareció una sonrisa agridulce, se había ido, esa persona que me
enseñó a sonreír y a llorar, a ser yo misma y a divertirme siéndolo ya no
estaba. El me hizo cambiar para bien y por eso siempre será el amor de mi vida.
Isabel Aladro, "Musicalidad"
Musicalidad
Con un par de notas,
y muchas almas rotas,
sin nada de dinero,
siguiendo a su corazón austero.
A su expresión no la define
lo que la gente opine,
porque el amor que ella siente
fue siempre más potente.
No hacen falta melodías,
no hace falta un instrumento
porque su mente,
recurre a otro sustento.
Su latido es su ritmo,
su vida es su inspiración
y cuando menos se lo espera,
escribe una canción.
Deja su armazón,
de palabras ya escritas.
Combate la opresión,
y a ser feliz se dedica.
Lorenzo Ahumanda, "Dulce venganza"
Dulce venganza
(Todo es
silencio en la sala, Willy mira el suelo sentado en una silla al lado de la
camilla, en ese momento entra una enfermera).
Enfermera: Señor Wonka, alguien lo busca, dice ser amigo suyo.
Willy:
¿Dijo qué quería?
Enfermera: No, solo me dijo que necesitaba hablar con usted,
se lo veía un poco nervioso.
(Salen los dos
de la sala, la enfermera se va)
Willy:
(preocupado) ¿Pasó algo en la fábrica?
Umpa lumpa: Nada grave, solo están un poco preocupados por tu
ausencia estos últimos días, no les dije nada para que no se alarmen. (En un
tono más apagado) ¿Cómo está?
Willy:
(desilusionado) Igual que ayer.
Umpa lumpa: ¿Qué dicen los médicos?
Willy:
Lo mismo que desde que llegó acá, no hay señales de mejora.
Umpa lumpa: No es muy alentador, ¿Descubrieron algo en la
investigación?
Willy:
Nada, parece ser que el tirador no dejo ni una sola pista, los investigadores
me dijeron que esto podría haber sido un mensaje.
Umpa lumpa: ¿Un mensaje de quién? No recuerdo que tengas
enemigos, y menos que los tenga Luciana.
Willy:
No necesariamente enemigos, competidores.
Umpa lumpa: (dudando) ¿Crees que….?
Willy:
Sí, los de Arcor quieren ganar más terreno en el mercado del chocolate, y
presiento que el objetivo del disparo no era ella...
Umpa lumpa: ¿Y qué querés hacer? ¿Demandarlos?
Willy:
No, no puedo resolver esto de manera judicial, (enojado) pero si me voy a
encargar de que el culpable pague por lo que hizo.
Umpa lumpa: ¿Necesitas que te ayude con algo?
Willy:
Si, quedate acá e infórmame de cualquier cosa que pase.
Umpa lumpa: No estaría mal si pasaras por la fábrica para
despreocuparlos un poco…
Willy:
(enojado y gritando) mi mujer está en coma y el tipo que le disparo está
tranquilo por la calle, ¿te parece que puedo tomarme el tiempo de ir hasta la
fábrica? Ya saben todos como trabajar.
Umpa lumpa: Tenes razón, error mío, me quedo acá y te llamo
apenas suceda algo.
(Willy sale, el
umpa lumpa se queda en el pasillo, fuera del hospital realiza una llamada.)
Willy:
Hola, Ricky, habla Wonka
Ricky:
(exaltado) Señor Wonka!, qué bueno escucharlo, espero que no siga enojado
conmigo, ¿qué necesita?
Willy:
No pasa nada, tu cambio a Arcor me sirve de ayuda, necesito que me devuelvas el
favor de la otra vez.
Ricky:
Esta bien, los favores se devuelven, ¿de qué se trata?
Willy:
Necesito que te metas en la oficina de tu jefe y busques los últimos mensajes,
tiene que haber algo relacionado con un tirador.
Ricky: Supongo
que no tengo otra opción, lo hago y te aviso si encuentro algo…
(Minutos
después, Ricky llama a Willy)
Willy:
¿Qué encontraste?
Ricky:
El último mensaje habla sobre un tal Kevin Gómez, parece que no es un tirador
profesional y no cumplió su trabajo como debía.
Willy:
Se quién es, ex empleado de la fábrica, lo despedí por su mal rendimiento,
parece que guardaba rencor... Gracias Ricky, me fuiste de gran ayuda.
Ricky:
De nada señor Wonka, que tenga suerte.
(Willy llama a
la fábrica)
Willy:
Hola Peter, necesito una información.
Peter:
(emocionado) Señor Wonka!, qué alegría escucharlo, estábamos muy preocupados
por usted, ¿Qué información quiere?
Willy:
Quiero que busques en el archivo si todavía están los datos de Kevin Gómez.
Peter:
Si señor, lo buscare, ¿algo en específico de sus datos?
Willy:
Donde vive.
Peter:
Le mandaré por mensaje la dirección del lugar cuando lo encuentre.
Willy: Perfecto,
no demores mucho, y avísales a los de la fábrica que todo está bien.
(Willy llega a
la casa de Kevin, toca la puerta)
Kevin:
¿Quién es?
Willy:
Vengo a traerle un paquete especial de Arcor.
Kevin:
Al fin mi paga (Abre la puerta, ve a Willy y se pone nervioso) Se-señor Wonka,
que, ¿qué está haciendo aquí?
Willy:
Lo que dije, te traigo un paquete especial (Empuja a Kevin adentro de la casa,
deja el paquete sobre una mesa y agarra a Kevin).
Kevin:
(asustado) ¿Qué estás haciendo? No te he hecho nada
Willy:
Sabes muy bien que hiciste, no pienso dejarte vivo, Luciana no tuvo opción, vos
tampoco la vas a tener.
Kevin:
(llorando) Necesitaba el dinero, por favor, te lo suplico.
Willy:
(Golpea a Kevin y lo deja inconsciente) Ella no pudo ni suplicar… (Saca una
bomba del paquete y la activa con una cuenta regresiva) Nadie se mete conmigo,
y menos con lo que amo.
(Willy sale de
la casa y se va al hospital, minutos después se escucha una fuerte explosión)
Umpa lumpa: Willy! ¿Conseguiste lo que querías?
Willy:
Si, ya está todo hecho, solo hay que esperar que Luciana responda...
(Entra en la
sala, se queda mirándola fijo, le agarra la mano y deja caer algunas lágrimas)
Willy:
Sé que vas a despertar y todo habrá sido un largo y dulce sueño
(El pulso de
Luciana se aceleró un poco, Willy sintió que le apretaba la mano, estaba viva)
FIN
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