Uno no nace pensando en cosas buenas, creo,
pero tampoco lo hace pensando en cosas malas, creo. Todos los días son iguales,
la rutina me aburre, pero no me puedo quejar si soy honesto. Lo único que me
molesta es “eso” que aparece de vez en cuando y no sé cómo controlarlo, pero
cuando aparece solo sé que está ahí para quedarse. Y que no va a desaparecer
así como así.
Era otro día normal, salí del trabajo a la
una del mediodía, como todos los miércoles, y lo sentí. No sé describirlo, ni
sé porque está, solo está. Pero cuando aparece el día va colina abajo. Y aplico
la palabra “Día” para no decir semana, mes, año.
Llegué a casa con “eso” y lo primero que
quise hacer es refugiarme, automáticamente me desinhibo, pero no por elección
sino porque “eso” me obliga. Como decía,
llegue más o menos a las 2 a casa, porque almorcé con mi primo, y me desvanecí
sobre la cocina. La inconsciencia no esta mal, creo, es como dormir pero menos,
y te duele un poco la cabeza después, pero nada que un analgésico no repare.
El problema es que esta vez “eso” era más
fuerte, muchísimo más. Me levante ensangrentado, la nariz goteaba pero más que
cualquier vez que “eso” apareciese. Seguido a esto venia la violencia, perdía
la conciencia y tenía las manos cortadas de golpear vidrios, o la frente con huecos.
No sé qué es. No sé por qué pasa. Sólo pasa.
“Eso” era una presencia sombría que me
atormentaba de vez en cuando aprendí a vivir con “eso” creo que nadie sabía de
mi amigo.
A veces no nombrar aquello que nos tortura, es un modo de mostrar el terror...que no siempre es producto del género fantástico... muy interesante relato!
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