Valentina von Foerster
En épocas en la que los vestidos eran enormes, las cinturas mínimas y
los matrimonios arreglados nació, en una gran casa a las afueras de Londres,
una indomable niña la cual recibió el nombre de Beatrice Dulwich ¿por qué un
nombre italiano para una joven inglesa? Bueno, la mayoría de la gente pensaba
que era debido a las raíces italianas de su madre, pero no era así. Beatrice
obtuvo su nombre porque ambos padres eran aficionados de La Divina Comedia, y
les pareció apropiado que su primera y única hija llevase el nombre del
personaje que en aquella gran historia, guio al protagonista, dándole fe,
porque se la había dado a ellos también. Sus padres siempre esperaron que su
heredera consiguiese un buen esposo y que se comportase como una fina dama.
Claro que, deberían seguir esperando porque Beatrice podría ser todo,
absolutamente todo, menos una dama.
Desde que era pequeña había tomado la costumbre de escapar de sus clases
de baile para jugar con los hijos de los sirvientes a los piratas, con espadas
hechas de palo, o a los dioses romanos. Y su madre nunca la había reprendido
realmente por sus llegadas tarde y su suciedad constante. Adoraba la
imaginación y creatividad de su hija. Pero todo eso cambió, repentinamente,
cuando la niña entró en la edad de casarse, y su madre se hizo cargo de que
toda la nobleza europea lo supiese. Comenzó con una lista de pretendientes en
Londres, pero al parecer los hombres ingleses no tenían la paciencia suficiente
para casarse con una mujer de carácter tan rebelde. Esa búsqueda se extendió
hasta Italia, en donde encontró lo que buscaba; una esposo con una gran fortuna
para su hija. Ni bien recibieron el gran "sí" de su parte, comenzaron
a planear la boda.
Beatrice siempre supo que llegaría el día en el que tendría que conocer
a su esposo, la habían preparado para ello toda su vida, sin embargo, siempre
había pensado que al menos lo conocería pero, al parecer, ya se había
comprometido con un completo desconocido.
En la mañana del día en el que conocería a su prometido, Beatrice se
despertó con el primer rayo del Sol y salió corriendo a buscar a Nathaniel y
Viola–los hijos de la cocinera y sus mejores amigos– para disfrutar su último
día de libertad. Se adentraron más que nunca en el bosque que se encontraba
detrás de la gran casa y se subieron los tres a la rama de un árbol.
― ¿Es
cierto que te irás? ―preguntó Viola con su fina voz, propia para una niña de su
edad.
― Eso creo. ―se limitó a responder secamente la muchacha. No le gustaba
hablar del tema, pero ellos eran sus únicos amigos, debía hablar con ellos,
sino ¿con quién lo haría?
― ¿Y él es
atractivo?
― No lo se,
Vio. No se siquiera su nombre.
La expresión de la menor cambió repentinamente, se veía casi espantada.
Su hermano mayor se apresuró a cubrirse los oídos; iba a gritar.
― ¡¿Y cuál es el romance en eso?!
Nathaniel y Beatrice no tardaron en soltar una risa por la inocente
pregunta de la niña, se veía tan enojada.
Segunda versión
|
1
|
Valentina von Foerster
― No hay tal cosa como el romance. ―se apresuró a
responder el muchacho mayor, con la vista fijada en los castaños cabellos de la
impertinente doncella noble, quien se giró sobre sí para mirarlo como si le
desease la muerte. Él se encogió de hombros. No estaba mintiendo.
Luego de un incómodo silencio, los tres amigos continuaron hablando más
felizmente sobre sus muchas aventuras por horas que parecieron minutos. Y lo
habrían seguido haciendo, de no ser por el calor abrasador sobre sus cabezas y
el hambre en sus estómagos, que ya habían comenzado a hacer ruidos.
― ¡Beatrice Dulwich! ¿¡Dónde se supone que estabas!? ¡No falta mucho para
que lleguen!―la reprendió su madre cuando la muchacha atravesó la entrada
completamente desarreglada, aunque en ella eso era algo habitual.
― ¡Pero aún es el medio día, madre! ―se quejó, caminando hacía las cocinas
por una manzana.
― ¡Pero
deben bañarte y arreglarte!
La joven ni siquiera se tomo la molestia de responderle, sabía que
cualquier cosa que dijese estaría mal a los oídos de su madre, quien había
estado un tanto susceptible desde que le informaron la llegada del futuro
esposo de su hija. Todo debería estar perfecto; los sirvientes, la casa, las
luces ¡y hasta los caballos! pero la adolescente no colaboraba en absolutamente
nada. Enfadada, la mujer de la casa hizo que las sirvientas prepararan el agua,
para que cuando los invitados llegasen a cenar no quisieran salir corriendo
debido al estado de la muchacha. Como siempre, el baño tardó demasiado y
conseguir que Beatrice usase el corset tardó aún más.
― ¿Podrías comportarte? Solo está
noche, Bea.
Odiaba que la llamasen así.
La castaña hubiese soltado una irónica risa si es
que hubiese podido respirar, el corset le apretaba demasiado ¿sólo debía
comportarse esta noche? ¡Ja! ¡Debería comportarse toda su vida y hasta que la
muerte los separe! No quería hacerlo, no quería comportarse. Quería que él y
todos sus acompañantes huyeran nuevamente a su país, por tierra o por mar. Ella
aún era joven, aún podía vivir una gran aventura y enamorarse profundamente. Y
podría hacerlo, podría escaparse con Nathaniel y empezar juntos en otra parte.
Sabía que el volvería con la condición de buscar a Viola cuando ella fuese
mayor. Podría hacer eso, pero significaría no volver a ver a sus padres,
quienes creían que esto era lo mejor para ella y ¿quién sabe? Tal vez hasta era
una persona soportable.
― Esta bien, lo intentaré. ―prometió en un murmullo, pensando que, al
menos, había disfrutado su libertad mientras duró.
En cuanto se escucharon los caballos entrar a la propiedad, en la casa
el aire desapareció. Todos los sirvientes, sus padres y, posiblemente, también
los animales contuvieron la respiración ya fuese por los nervios o por el
miedo. Beatrice, por su parte, lo hizo por el 3
apretado sistema que hacía que su figura fuese más "femenina", preferiría recorrer los nueve
círculos del infierno que continuar usando ese objeto del mal. Antes de que abrieran la puerta
del carruaje, la mirada de la heredera inglesa se encontró con la de su madre y de alguna
forma supo que ella quería que se parase todavía más derecha.
― Bienvenido sea, señor Barberini. ―exclamó efusivamente su padre, al ver bajar del carro
a un hombre de mediana edad.
Ahora si la joven prometida contuvo la respiración del espanto ¡se casaría con un viejo! Y
claramente, eso fue lo que todos pensaron hasta que, detrás del hombre, bajó una mujer que
aparentaba tener la misma edad que él, su esposa–presumió Beatrice, por la forma en que le
tomaba la mano–, a ambos los siguió un joven castaño, el cual no debía ser mucho más
grande que única hija de los Dulwich, quien pensó que era un tanto atractivo, pero no lo diría
en voz alta. No iba a admitirlo.
Los hombres mayores hicieron el honor de presentar a toda su familia mientras estas se
dedicaban unas forzadas sonrisas. Al parecer el futuro nombre de Beatrice sería "señora de
Matteo Barberini". Gracioso, ¿verdad?
Cuando las presentaciones finalizaron, la señora Dulwich pidió que todos entrasen a la gran
casa y se dirigiesen al comedor para poder cenar y todos le hicieron caso, incluso su
impertinente hija, la cual tenía la mirada fija en el suelo ¿acaso estaba nerviosa? Era
comprensible, estaba conociendo a su futuro esposo quien, al parecer, había nacido en la
misma década que ella. Aquellos nervios se hicieron más notorios durante la cena, ya que no
dijo ni una palabra–algo muy inusual en ella– y simplemente se limitó a escuchar.
Al parecer los Barberini habían tenido cinco hijos, todas mujeres, menos Matteo, el menor, el
heredero. Y también parecía ser que al joven le gustaba hablar porque ni bien le preguntaron
sobre su viaje, el muchacho no cerró la boca. Les contó sobre los lugares que habían visitado
y las personas que habían conocido gracias a haber recorrido el continente por tierra. Y así
transcurrió la velada, todos hablaron efusivamente menos la futura señora Barberini.
Tampoco quisieron que lo hiciera, puesto a que no le preguntaron absolutamente nada por lo
que ella ni siquiera alzó la vista de su plato. Una vez que todos hubiesen acabado, los
invitados les informaron que deberían ir a descansar a sus habitaciones.
― Yo tampoco estoy feliz con esto. ―dijo una voz a espaldas de Beatrice mientras ella se
dirigía a quitarse por fin el corsé. Era su futuro esposo.― Pero eso no quiere decir que no lo
intente.
La joven se giró sobre si misma y miró al extranjero con el ceño fruncido. Ella no había dicho
nada y el se quejaba por como había actuado, pero si hubiese dicho algo su madre se hubiese
quejado ¿Es que acaso nadie podría conformarse? Iba a responderle groseramente–su madre
no estaba ¿qué más daba?– pero el italiano se fue, dejándola con las palabras en la boca.
En los días que le sucedieron, Beatrice solo tuvo que lidiar con los extranjeros en las comidas
ya que los adultos se la pasaban en la biblioteca hablando de asuntos monetarios o politicos ella estaba siempre con los hijos de la cocinera y el paradero de Matteo era un completo
misterio hasta que su querido Nathaniel comentó que lo había visto salir por la noche, con un
caballo, vestido como un común civil y que había tomado el camino que lo dirigiría a
Londres. Eso despertó la curiosidad de la joven inglesa, quien decidió seguirlo en una de sus
travesías a la ciudad en su propio caballo.
Después de una hora de sigiloso viaje para que el chico no notase su presencia, llegaron a la
poblada capital.
― Así que aquí es donde te escondes. ―dijo la joven, mirando a la gran multitud mientras el
chico ataba las riendas de su caballo a un poste de madera.
Él le sonrió a la oscuridad, casi de forma pícara.
― ¿A que se debe la visita, Bea? ¿me extrañabas?
― Beatrice. ―corrigió, bajándose de su caballo.― Y solo me provocaste curiosidad.
― No es algo muy interesante si soy sincero. ―explicó Matteo mientras su prometida ataba
su caballo junto al suyo.― Vengo a ver obras de teatro.
― Pero puedes verlas en la corte. ―argumentó, extrañada. El chico era un noble ¿por que ir a
ver obras en esos teatros llenos de personas cuando podía ir a los grandes salones repletos de
lujosos adornos? La respuesta a su pregunta no formulada vino de inmediato:
― Me gusta más el teatro, puedes sentir las sentimientos del actor. Pero cuando las ves en la
corte... sientes lo que tu reina quiere ¿comprendes?
Era un buen punto.
No hizo falta de que le dijese más que un "¿vienes?" para que ella aceptase su mano. Beatrice
sintió un agradable cosquilleo cuando la tomó. La mano del italiano era casi tan suave como
su voz, no como las de Nathaniel, quien poseía manos ásperas y firmes. Juntos, se acercaron
al teatro la Cortina, formaron la fila y él compro las dos entradas, ella le prometió que le
devolvería el dinero pero el castaño se opuso completamente. Que era un caballero era algo
innegable. La obra que verían se titulaba "La más excelente y lamentable tragedia de Romeo
y Julieta".
El muchacho no le presto una gran atención a lo que sucedía en escenario, sino que estaba
mucho más interesado en la chica a su lado, en como abría los ojos cuando algo la sorprendía,
en como cerraba sus manos con fuerza cuando se asustaba y en como intentó contener las
lagrimas cuando los amantes se encontraron con su trágico final. Ella era realmente hermosa
cuando no funcia el ceño y él, sin siquiera notarlo, la estaba mirando como si recién se
hubiese dado cuenta qué significaba el amor. Tal vez lo había hecho.
― Fue... linda. ―comentó ella, con una pequeña sonrisa, una vez que los aplausos cesaron y la obra hubo terminado.
Y triste. ―completo él, deslizando sus pulgares por debajo de los ojos de la castaña para
retirar aquellas lagrimas que se habían estancado allí. Nerviosamente y sin mirarlo directo a
los ojos, ella se puso de pie para retirarse del establecimiento.
Inconscientemente se tomaron las manos para avanzar entre la gran multitud.
― Nunca pensé que iría al teatro en pijama.― alegremente ella soltó una risa a medida de
que se acercaban más y más a sus caballos. El viaje de vuelta fue rápido y silencioso y eso no
había molestado a ninguno de los dos hasta que tuvieron que llegar al pasillo de las
habitaciones.
― Buenas noches. ―susurró la menor al llegar a la puerta de la habitación que le habían
asignado a su futuro esposo.
―El dolor de la despedida es una pena tan dulce que yo estaría diciendo "buenas noches"
hasta mañana. ―le citó él, acercándose para besar su mejilla.― Buenas noches, Bea.
Y entró en su habitación, dejándola sola en el ancho pasillo, con una sonrisa, pensando que
tal vez casarse con él no seria la mayor pena del mundo.
apretado sistema que hacía que su figura fuese más "femenina", preferiría recorrer los nueve
círculos del infierno que continuar usando ese objeto del mal. Antes de que abrieran la puerta
del carruaje, la mirada de la heredera inglesa se encontró con la de su madre y de alguna
forma supo que ella quería que se parase todavía más derecha.
― Bienvenido sea, señor Barberini. ―exclamó efusivamente su padre, al ver bajar del carro
a un hombre de mediana edad.
Ahora si la joven prometida contuvo la respiración del espanto ¡se casaría con un viejo! Y
claramente, eso fue lo que todos pensaron hasta que, detrás del hombre, bajó una mujer que
aparentaba tener la misma edad que él, su esposa–presumió Beatrice, por la forma en que le
tomaba la mano–, a ambos los siguió un joven castaño, el cual no debía ser mucho más
grande que única hija de los Dulwich, quien pensó que era un tanto atractivo, pero no lo diría
en voz alta. No iba a admitirlo.
Los hombres mayores hicieron el honor de presentar a toda su familia mientras estas se
dedicaban unas forzadas sonrisas. Al parecer el futuro nombre de Beatrice sería "señora de
Matteo Barberini". Gracioso, ¿verdad?
Cuando las presentaciones finalizaron, la señora Dulwich pidió que todos entrasen a la gran
casa y se dirigiesen al comedor para poder cenar y todos le hicieron caso, incluso su
impertinente hija, la cual tenía la mirada fija en el suelo ¿acaso estaba nerviosa? Era
comprensible, estaba conociendo a su futuro esposo quien, al parecer, había nacido en la
misma década que ella. Aquellos nervios se hicieron más notorios durante la cena, ya que no
dijo ni una palabra–algo muy inusual en ella– y simplemente se limitó a escuchar.
Al parecer los Barberini habían tenido cinco hijos, todas mujeres, menos Matteo, el menor, el
heredero. Y también parecía ser que al joven le gustaba hablar porque ni bien le preguntaron
sobre su viaje, el muchacho no cerró la boca. Les contó sobre los lugares que habían visitado
y las personas que habían conocido gracias a haber recorrido el continente por tierra. Y así
transcurrió la velada, todos hablaron efusivamente menos la futura señora Barberini.
Tampoco quisieron que lo hiciera, puesto a que no le preguntaron absolutamente nada por lo
que ella ni siquiera alzó la vista de su plato. Una vez que todos hubiesen acabado, los
invitados les informaron que deberían ir a descansar a sus habitaciones.
― Yo tampoco estoy feliz con esto. ―dijo una voz a espaldas de Beatrice mientras ella se
dirigía a quitarse por fin el corsé. Era su futuro esposo.― Pero eso no quiere decir que no lo
intente.
La joven se giró sobre si misma y miró al extranjero con el ceño fruncido. Ella no había dicho
nada y el se quejaba por como había actuado, pero si hubiese dicho algo su madre se hubiese
quejado ¿Es que acaso nadie podría conformarse? Iba a responderle groseramente–su madre
no estaba ¿qué más daba?– pero el italiano se fue, dejándola con las palabras en la boca.
En los días que le sucedieron, Beatrice solo tuvo que lidiar con los extranjeros en las comidas
ya que los adultos se la pasaban en la biblioteca hablando de asuntos monetarios o politicos ella estaba siempre con los hijos de la cocinera y el paradero de Matteo era un completo
misterio hasta que su querido Nathaniel comentó que lo había visto salir por la noche, con un
caballo, vestido como un común civil y que había tomado el camino que lo dirigiría a
Londres. Eso despertó la curiosidad de la joven inglesa, quien decidió seguirlo en una de sus
travesías a la ciudad en su propio caballo.
Después de una hora de sigiloso viaje para que el chico no notase su presencia, llegaron a la
poblada capital.
― Así que aquí es donde te escondes. ―dijo la joven, mirando a la gran multitud mientras el
chico ataba las riendas de su caballo a un poste de madera.
Él le sonrió a la oscuridad, casi de forma pícara.
― ¿A que se debe la visita, Bea? ¿me extrañabas?
― Beatrice. ―corrigió, bajándose de su caballo.― Y solo me provocaste curiosidad.
― No es algo muy interesante si soy sincero. ―explicó Matteo mientras su prometida ataba
su caballo junto al suyo.― Vengo a ver obras de teatro.
― Pero puedes verlas en la corte. ―argumentó, extrañada. El chico era un noble ¿por que ir a
ver obras en esos teatros llenos de personas cuando podía ir a los grandes salones repletos de
lujosos adornos? La respuesta a su pregunta no formulada vino de inmediato:
― Me gusta más el teatro, puedes sentir las sentimientos del actor. Pero cuando las ves en la
corte... sientes lo que tu reina quiere ¿comprendes?
Era un buen punto.
No hizo falta de que le dijese más que un "¿vienes?" para que ella aceptase su mano. Beatrice
sintió un agradable cosquilleo cuando la tomó. La mano del italiano era casi tan suave como
su voz, no como las de Nathaniel, quien poseía manos ásperas y firmes. Juntos, se acercaron
al teatro la Cortina, formaron la fila y él compro las dos entradas, ella le prometió que le
devolvería el dinero pero el castaño se opuso completamente. Que era un caballero era algo
innegable. La obra que verían se titulaba "La más excelente y lamentable tragedia de Romeo
y Julieta".
El muchacho no le presto una gran atención a lo que sucedía en escenario, sino que estaba
mucho más interesado en la chica a su lado, en como abría los ojos cuando algo la sorprendía,
en como cerraba sus manos con fuerza cuando se asustaba y en como intentó contener las
lagrimas cuando los amantes se encontraron con su trágico final. Ella era realmente hermosa
cuando no funcia el ceño y él, sin siquiera notarlo, la estaba mirando como si recién se
hubiese dado cuenta qué significaba el amor. Tal vez lo había hecho.
― Fue... linda. ―comentó ella, con una pequeña sonrisa, una vez que los aplausos cesaron y la obra hubo terminado.
Y triste. ―completo él, deslizando sus pulgares por debajo de los ojos de la castaña para
retirar aquellas lagrimas que se habían estancado allí. Nerviosamente y sin mirarlo directo a
los ojos, ella se puso de pie para retirarse del establecimiento.
Inconscientemente se tomaron las manos para avanzar entre la gran multitud.
― Nunca pensé que iría al teatro en pijama.― alegremente ella soltó una risa a medida de
que se acercaban más y más a sus caballos. El viaje de vuelta fue rápido y silencioso y eso no
había molestado a ninguno de los dos hasta que tuvieron que llegar al pasillo de las
habitaciones.
― Buenas noches. ―susurró la menor al llegar a la puerta de la habitación que le habían
asignado a su futuro esposo.
―El dolor de la despedida es una pena tan dulce que yo estaría diciendo "buenas noches"
hasta mañana. ―le citó él, acercándose para besar su mejilla.― Buenas noches, Bea.
Y entró en su habitación, dejándola sola en el ancho pasillo, con una sonrisa, pensando que
tal vez casarse con él no seria la mayor pena del mundo.
Segunda versión
|
2
|
La lectura y el trabajo con el mundo "Shakespiriano" tuvieron sus efectos! intertextualidad y romance en un cuento sorprendente!
ResponderBorrar