domingo, 20 de noviembre de 2016

Martina Quiroz, "Azula"

Azula
En un pueblo pequeño en las afueras de Londres, donde la violencia, la diferencia y el egoísmo era algo natural en las personas, nacía una pequeña a la que llamaron Azula.
Azula era una niña muy dulce, con rizos dorados como el sol, sus ojos eran color café y poseían un brillo muy particular que atraía la atención de todos.
Su familia era diferente a las demás ya que en su casa reinaba la alegría, el amor, y la generosidad. La bella niña creció rodeada de cariño y felicidad, pero de las puertas para afuera había un mundo infeliz.
El tiempo fue pasando y Azula crecía, su forma de ver las cosas ya no era la misma. Ella odiaba salir de su casa porque la negatividad del pueblo la consumía.
Pasaban los años, los días y todo seguía igual. Cansada de la oscuridad del pueblo tomó una decisión, ella no dejaría que el pueblo la cambiara, quería ser ella el cambio. Decidida y confiada salió en búsqueda de un nuevo mundo. Azula comenzó a observar casa por casa como estaban compuestas las familias, a qué se dedicaban y trataba de averiguar cuál era su sueño más profundo. No estaba segura de como poder ayudarlos pero sabía que en algún momento las cosas mejorarían.
Un día después de un largo trabajo vio que en una casa una mujer era golpeada por un hombre. La mujer se sentía humillada por lo ocurrido, salió de la casa, rumbo a un bar donde se veía como la gente bebía hasta olvidar su realidad. Con rapidez Azula tapó la puerta y le dijo a la mujer “yo sé que tú no eres perfecta, pero nadie lo es, sólo quiero decirte que mañana puede haber otro amanecer”. La niña le dejó el paso, muy confundida la mujer la miró y no dijo nada, a punto de entrar al bar la mujer espera unos minutos, entra en razón y se aleja deprisa.
Al otro día ve a un pobre hombre, viejo, enfermo y débil. Ella se acercó a hablar con él y le dijo:
-          ¿Usted tiene familia? Pregunta Azula.
-          Claro que sí, pero creo que olvidaron que aún sigo de pie y respirando. Respondió el viejo.
-          Ya no estás solo, yo estoy aquí para lo que necesites, ahora soy tu compañía, tu amiga. Le respondió la niña.
Con una sonrisa en el rostro y muy cansada se fue rumbo a su casa, donde la esperaba una comida caliente y una estufa para calentarse. Asomándose por la ventana llama al anciano invitándolo a pasar y compartir una hermosa cena con su familia, pero muy avergonzado por su aspecto se va. Pero al día siguiente le da su explicación sobre el rechazo y ella le dice que no tiene de que avergonzarse ya que en su casa jamás será juzgado. Muy triste por la soledad del señor decide contactar a su familia, gracias a la ayuda de muchos vecinos. Finalmente lo logra. Una mañana, el viejo siente un golpe en su puerta, era su familia. Conoció a sus nietos, saludo a sus hijos y compartieron un hermoso día juntos.
Otro día ve a un niño chiquito en la calle sin padres, sin hogar, sin abrigo y decide buscar sin parar una familia que lo ame y lo cuide. Encuentra una gran familia, lo estaban buscando por todos lados pero no lo encontraban y ya rendidos creyeron que le había pasado algo al niño. Su familia muy agradecida empieza a correr la voz de que una niña con un gran corazón puede traer de nuevo la alegría a este pueblo. 
Después de todo su esfuerzo comienza a ver un cambio en el pueblo, no del todo, pero notable. Feliz de todo lo logrado la niña se toma un descanso y se va al parque cuando de pronto se oye un ruido en todo el pueblo, Azula había sido atropellada por un auto. Todos los vecinos salieron a ayudarla, se comunicaban entre ellos, se entendían, se unieron para salvarla. Llegaron al hospital, pero ya era tarde.

En el día de su funeral todo el pueblo fue a despedirla. El ambiente estaba tranquilo, no se peleaban, todos se abrazaban y recordaban los momentos vividos con ella. De repente algo raro comenzó a suceder, de la espalda de Azula salieron dos bultos extraños y grandes. Nadie entendía a qué se debía, parecían como de algodón, eran unas enormes alas. El cuerpo de Azula subió alto y dijo mi misión a terminado. Y sin decir otra palabra voló.  Algunas personas dicen haberlo soñado y otros dicen que subió a los cielos. Nadie sabe con exactitud qué pasó ese día, pero nunca lo olvidarán.

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