miércoles, 23 de noviembre de 2016
Valentina Von Foerster, "Vento"
Arabella odiaba correr, odiaba sentir como su rubio cabello se despeinaba con el viento, odiaba
escuchar su agitada respiración y el sonido que sus zapatos hacían al golpear tan fuerte con el suelo.
Pero aún más de lo que odiaba correr, odiaba llegar tarde ¡y más aún si era a algo que le gustaba
tanto como sus clases de piano! No se había ausentado ningún día en esos cinco años que llevaba
asistiendo, incluso había ido estando enferma ¡y muy enferma! Claro, que no tendría que haber
corrido de no ser por su madre, a quien le pareció que el mejor momento para tener una charla con
su única hija era cuando ella se estaba aproximando a la puerta. No podía culparla, claro, ella solo
quería hablar un poco de su abuela y entregarle un viejo libro de partituras que alguna vez le había
pertenecido. Arabella amaba mucho a su abuela, incluso ahora que ya había "partido" ¿y cómo no
hacerlo? Había sido ella quien la incentivó para iniciar sus clases de piano.
"¿Lo ves María? Tiene manos de pianista, como yo." Había dicho en una de esas frías tardes de julio,
sosteniendo la mano de su joven nieta, la cual solo sonrió mientras la anciana continuaba
elogiándola e intentando convencer a su madre de que la inscribiese en clases de piano, que ella
podría ser quien las pagase. La mujer no tuvo más remedio que acceder luego de las suplicas y
suplicas de su hija.
Ese había sido un buen día para Arabella, un día que la había marcado. Le dolía saber, aunque
intentase evitar pensar en ello, que ahora todo cambiaría. Su madre no tenía mucho dinero y ahora
que su abuela había muerto nadie podrá pagar sus clases; por lo que debía aprovecharlas al máximo.
Con una cálida sonrisa, por más fingida que fuese, la rubia besó la mejilla de su madre y tomo el gran
cuaderno para guardarlo antes de salir.
"Ésta podría ser la última." Pensó mientras la puerta se cerraba tras ella.
Su clase transcurrió con normalidad; Leo, su profesor, se comportó amable, como siempre, y
practicaron las mismas dos canciones que estaban preparando desde hacía un mes. Y, unos veinte
minutos antes de finalizar la clase semanal, el teléfono móvil de su profesor sonó y Arabella
reconoció su tono de inmediato, uno de los nocturnos de Chopin, el gran ídolo del hombre. Con un
asentimiento de cabeza y una pequeña sonrisa se disculpó y se separó de la joven para responder la
llamada en el pasillo. Eso no era algo normal, pensaba la aprendiz acariciando las blancas teclas sin
ejercer presión para que emitieran sonido, tal vez eran malas noticias.
― ¿Bella? ―la llamó el hombre desde la puerta entreabierta, como si quisiera esconderse.― Debo
irme, es que mi hija acaba de dar a luz y...
Ella asintió, con su más sincera sonrisa, dejándole en claro que todo estaba bien, que su madre la
recogería de allí en una media hora.
― ¡Felicidades! ―alcanzó a gritar antes de que el anciano, quien jugaba el papel de su profesor, sorprendentemente rápido dejase las instalación. Al parecer no era una mala noticia.
En lugar de sacar su móvil y divagar, la muchacha hizo algo que muy pocos adolescentes harían; sacó
el gran libro de su bolso y lo colocó donde usualmente colocaba las hojas de las partituras,
abriéndolo en una página al azar. "Vento", se leía como título. No debía ser una persona muy
brillante para saber que eso significaba "viento" en ¿francés? ¿o italiano? Lentamente deslizó sus
manos por las conocidas teclas, tocando las correctas cuando, de pronto, sintió como una suave
brisa le apartaba el cabello del rostro. La pianista se detuvo en seco, alzando para corroborar de que
la ventana estuviese correctamente cerrada. Lo estaba. Soltando una risa nerviosa, volvió a
concentrarse en las teclas y las formas. Sólo estaba paranoica.
Esta vez, continuó tocando, sin importarle o, mejor dicho, sin preocuparse al sentir la brisa. No era
molesta, no como cuando corría. Esta brisa no le revolvía el cabello, impidiéndole ver, esta parecía
venir del libro y le resultaba agradable, como la melodía que el piano producía gracias a sus dedos.
Debería haberse detenido en cuanto el aire en la habitación comenzó a moverse violentamente,
haciendo volar las hojas sueltas. Debería haberlo hecho, pero no podía. Sus manos ya no le
respondían a su cerebro, ya no debía mirar las notas antes de tocar, su cuerpo ya sabía qué hacer,
cuándo y dónde tocar. Ya no podía detenerse ni aunque lo intentase, y claro que lo hacía.
Comenzaba a asustarse, y mucho ¿y si nunca dejaba de tocar? ¿y nadie podía encontrarla al no
poder entrar? Claro que sus dudas fueron cesando cuando la música comenzó a volverse más lenta.
La canción había terminado y, por una décima de segundo, Arabella sintió que todo el oxígeno
abandonaba la habitación, obligándola a llevarse la mano al pecho por la falta de presión. Nunca en
su vida había agradecido tanto el respirar con normalidad luego de ese momento.
Una vez que el susto de la joven hubo concluido, comenzó a acomodar las tantas partituras que
habían caído al suelo por el fuerte viento. Finalmente, cerró el preciado cuaderno y lo guardó en su
bolso. No tenía ni idea de qué haría con él y eso la asustaba.
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