miércoles, 23 de noviembre de 2016

Micaela Saenz, "Su nombre es libertad"

Su nombre es Libertad
-Esta vez sí, esta vez sí que lo voy a hacer- ella sabía que no podía seguir viviendo así. Esa decisión la tuvo que haber tomado seis meses antes de la boda, la primera vez que le rompió el labio.
     Pero ya habían pasado seis años. Cuántas veces recordaba las palabras de su madre la primera vez que subió a casa con el labio roto y ella le decía -mamá, ya no puedo, no quiero casarme con él-. Y la madre sorprendida le contesta -Pero hija, ¿qué dices? Es un buen trabajador, con él nunca te va a faltar un plato de comida. Lo de hoy fue una cosa sin importancia, no tiene qué volver a pasar. O ¿te crees que los hombres no tienen sus cosas? ¡Vamos! Olvida todo y vamos a cenar-.
     En la cena, cuando ella relató lo sucedido, nadie salió en su defensa. Ni siquiera su padre, que siempre le decía “eres la niña de mis ojos, nunca dejaré  que nadie te haga daño”. Es más, cuando su madre contó los consejos que le había dado, su padre estuvo de acuerdo en todo y además añadió -hija, seguro está nervioso por la boda o le habrás dicho algo que no le gusto-. Ella solo pudo decir -pero papá, yo…-. -Mira, vas a ser la reina de tu casa… Dale, danos un beso y anda a la cama, mañana ya no te acordarás de nada- le respondió el padre cansado de la situación de su hija.
     La segunda vez, ya no fue solo un golpe. Fue un domingo, tres meses después de la boda, al volver de un paseo, mientras se cambiaba de ropa para meterse en la cocina y empezar a hacer la comida. Todo lo que dijo fue -¿sabes? Me gustaría volver a trabajar, me gustaba mucho mi trabajo y tengo muchas posibilidades de recuperarlo. Me lo dijo una compañera con la que me cruce esta mañana- No tuvo tiempo de decir nada más.       -Eso es lo que vos querés, ¿verdad? Ya sabía yo… no te conformas con lo que yo gano, ¿te parece poco? Quítatelo de la cabeza, en esta casa el único sueldo que vas a tener va a ser el mío- mientras el marido le decía esto, las cachetadas iban y venían dándole vuelta la cara. En esos momentos ya supo cómo iba a ser su vida: desde ese día ya fue una mujer maltratada, rota, pisoteada, sin opinión, sus ojos ya no brillaban con luz propia, su boca solo se abría para decir lo justo, “está bien”, “ok”, “bueno”, “lo que tú quieras”.
     Tenía prohibido hablar con las vecinas; él siempre le había dicho que las cosas que pasaban en las casas no tenían que salir de allí. Cuando se cruzaba con ellas en la escalera hablando de sus cosas, ella sentía mucha pena porque a ella también le hubiera gustado pararse para preguntar por la señora de arriba que ya era muy mayor, o por el niño de la joven del piso de abajo que acababa de nacer hacia unos meses.
     Cuando peor la pasaba era cuando iban a visitar a sus padres. En esas ocasiones, él le obligaba a ponerse sus mejores ropas y su mejor sonrisa. Su madre siempre le decía lo mismo, “estás más flaca, pero estás muy bonita, se ve que les va bastante bien”.
     Ella ya no sabía si lo que sentía por su madre era rencor o pena. Esa persona no podía ser la madre que ella recordaba. Si no, ¿por qué nunca le preguntaba? ¿O es que no veía que ella ya no era la misma, que solo vivía por fuera pero que por dentro estaba vacía, que no quedaba nada de la hija que había salido de su casa aquella vez  para casarse con el hombre equivocado? ¿Por qué no le preguntaba por qué nunca se ponía manga corta en pleno verano?
     “Y es que para vos, mamá, él sigue siendo un buen trabajador” tenía ese pensamiento siempre dando vueltas por su cabeza.
     A los cinco años ya había perdido toda identidad. Ya era la ocupa, no solo para él sino también para los malos amigos que se reunían todos los viernes en su casa. Los odiaba con todo su corazón. Era tanto el miedo que le tenía a su esposo, que ya hacía todo sin abrir la boca. Y si alguna vez se equivocaba en la cosa más mínima, allí estaban los insultos y los golpes.
     Ese viernes ya tenía todo pensado: se quedaría corta de bebidas y, entre insulto e insulto y las risas de sus amigos, él la mandaría a buscar más bebida.
     Llegó el viernes y todo salió como ella lo había pensado. Era la única forma de salir sin tener que darle explicaciones, ya que era él quien la mandaba a comprar.
     Cuando agarro las llaves del cajón notó que no le temblaban las manos, que las agarraba con mucha firmeza y eso todavía le dio más fuerzas.
     Cuando salió a la calle, pasó el primer kiosco, pero siguió; pasó un pequeño chino  donde solía comprar a veces, pero también siguió. Al final de la calle estaba el supermercado con sus grandes ventanales, y desde fuera podían verse las bebidas que ella compraba siempre. Cuando se vio reflejada en el vidrio, a punto de abrir la puerta, empezó a temblar. Era esa tembladera que conocía tan bien, la que vivió todos los días durante seis años cuando oía el ruido de las llaves de su esposo en la cerradura.

     Mientras salía de la comisaría, después de haber relatado su caso, empezó a respirar, empezó a mirarlo todo con la cabeza alta, muy alta. Lloraba, pero esta vez sus lágrimas no la lastimaban, eran besos que le daba el aire. De la alegría que tenía, empezó a tirar de las mangas de la camisa. Cuando se miró los brazos ya no veía moretones sino mariposas tatuadas que le prestaban sus alas para ayudarle a volar y recuperar por fin su nombre: LIBERTAD.

1 comentario:

  1. Un relato que se anima a ingresar en un tema dolorosamente actual... y qu e nos invita al esperanza.

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